En un pequeño pueblo rodeado de campos y bosques, Amelia subió a una caja. Desde allí alcanzó el baúl de sus juguetes de bebé.
Amelia guardó los juguetes dentro del baúl. «¡No voy a crecer!», dijo, mientras la tapa crujía.
Bajo una manta apareció una llave dorada. Amelia la levantó y pensó: «Tal vez crecer esconda algo nuevo».
En el jardín, Amelia probó la llave en una puerta pequeña. ¡Clic! La puerta se abrió hacia un sendero entre campos y bosque.
Amelia apretó la llave y avanzó. Sus zapatos pisaron hojas secas: crac, crac, crac.
El sendero terminó en un puente colgante. Amelia puso un pie encima y el puente saltó: «¡Boing, boing!»
Amelia cruzó riendo y se agarró de la cuerda. Al otro lado, una campana brillante colgaba demasiado alto para ella.
Amelia estiró los brazos. Una Amelia más grande podría alcanzar la campana, pensó, y volvió a intentarlo.
Con un último salto, Amelia tocó la campana. ¡Tilín! Del bosque cayó una lluvia de luces doradas.
Una pequeña estrella aterrizó en la mano de Amelia. Ella soltó una carcajada: crecer acababa de abrirle una aventura nueva.
Al caer la tarde, Amelia regresó a casa. Colocó la pequeña estrella junto a sus juguetes de bebé.
Amelia guardó la llave en su bolsillo y miró la puerta del jardín. «Mañana probaré otra aventura», dijo, mientras las luces brillaban afuera.