En el jardín lleno de flores, Ana empuja una maceta de barro hacia el centro. Paco rueda una rodaja de limón, Feli acomoda semillas de fresa y Mimo entierra un hueso de mango. Ana toca la tierra con su pie; el sol la dora lentamente.
Ana hunde un palito en la tierra. Paco, Feli y Mimo hacen hoyos pequeñitos a su alrededor. “Uno, dos, tres… ¡a sembrar!”, dice Ana, y las semillas caen como diminutas estrellas oscuras.
¡Fuuuush! Una ráfaga cruza el jardín y dispersa las semillas. Ana persigue una que rueda junto a las margaritas, riendo mientras el viento le hace cosquillas en el tallo. La semilla salta sobre una piedra: ¡tic, tic, tic!
Las semillas terminan escondidas entre los caminos de flores. Ana se detiene junto a una regadera vacía y las busca con cuidado. “No se rindan”, murmura, siguiendo una pequeña marca sobre el polvo.
Juntos cubren las semillas con tierra seca. Pero la tierra se desmorona: crac, crac, crac. Ana palpa el polvo entre sus dedos; el sol quema su piel y el aire huele a camino reseco.
Ana aplana la tierra con su cuerpo, formando una cama lisa. Paco esparce limonada en gotitas brillantes. Feli coloca las semillas sobre la superficie y Mimo las cubre con su sombra. Después, todos esperan sin mover la tierra.
El silencio dura apenas un instante. Un gusano pequeño asoma entre los terrones y guiña un ojo. Ana estira la mano, toca una hojita verde y fresca, y entonces el jardín responde con un zumbido: bzzzz, bzzzz.
Ahora el huerto florece. Brotes verdes asoman por todas partes y las flores pintan el jardín de rojo, amarillo y violeta. Ana se recuesta junto a Paco, Feli y Mimo; el aire huele a tierra húmeda y miel.