Andrés se preparó, colas abajo. De pronto — ¡salto! El cuerpo naranja cruzó el borde de cristal y el mundo se llenó de burbujas. El agua lo envolvió entero, con las aletas chapoteando bajo la luz del sol.
Andrés nadó hacia los corales coloridos donde los otros peces jugaban. Se detuvieron en seco. Un momento después, todos salieron disparados en distintas direcciones. El agua se quedó sola, solo, con las plantas gigantes meciéndose.
Andrés buscó un rincón tranquilo. Encontró una cuevita oscura entre raíces y piedras. La luz apenas entraba. Respiró hondo. Nadie venía hasta ahí. Nadie lo miraba.
Un caballito de mar apareció en la entrada. «¿Por qué nadan lejos cuando te acercas?», preguntó con voz baja. Andrés no respondió. Solo movió la cola despacio.
«No son malos», dijo el caballito de mar. «Le tienen miedo por ser diferente». Entonces sonó un gritito agudo. «¡Ayuda, por favor!» Una estrellita de mar estaba atrapada entre dos piedras.
Andrés nadó con todas sus fuerzas. Empujó la piedra con la cabeza. El caballito de mar empujó desde el otro lado. La piedra se movió un poco. Luego un poco más. Otra vez. Otra vez más.
La piedra cedió. La estrellita rodó libre. El agua se detuvo un instante. Todos los peces que habían huido quedaron helados, mirando desde atrás de los corales. Nadie se movía.
Los peces se acercaron despacio. Con cuidado. Caras sonrojadas y tímidas. Uno pasó junto a Andrés y le hizo un gesto con la aleta. Lo invitaban a jugar.
Andrés sonrió. Una burbuja subió desde su boca, deslizándose hacia la superficie. Las aletas le temblaban de alegría. Nadó hasta el grupo y se unió a ellos. Desde ese día, siempre jugó con ellos entre los corales.
Ahora Andrés nada entre corales de todos los colores. Sus compañeros lo esperan cada mañana. Juegan a esconderse detrás de las plantas y a perseguir burbujas. El estanque entero suena a burbujitas y a risas.
A veces, Andrés piensa en aquel salto. El cristal que se rompió. El agua fría y nueva. Si no hubiera saltado, nunca habría encontrado a la estrellita. Nunca habría encontrado a sus amigos.
Andrés cerró los ojos un momento. Las corrientes lo mecían suave. Afuera, el sol seguía brillando sobre el estanque. Dentro del agua, todo estaba en paz. Todo estaba en su lugar.