El bosque encantado se extendía ante Caperucita Roja, con árboles gigantes cuyas copas se perdían entre nubes doradas. Las flores brillaban en colores que no tenían nombre, y el viento susurraba secretos entre las hojas.
Caperucita Roja tomó su canasta roja y se adentró por el sendero. Los árboles susurraban, las flores se movían con la brisa, y cada paso sonaba como un secreto nuevo.
Un lobo de ojos brillantes apareció entre los arbustos y se puso a caminar a su lado. «Mira esas flores», dijo el lobo señalando unas margaritas que cantaban suavemente.
El lobo la guió hasta un río cuyo lecho de arena mostraba mapas perfectos, ríos y montañas dibujados por las corrientes. «Este bosque tiene secretos para quien sabe mirar», pensó ella.
De pronto, un arbusto espinoso bloqueó el camino. Caperucita Roja se detuvo, respiró hondo y empujó las ramas con ambas manos. El lobo esperó en silencio, sin moverse.
Las ramas cederam, dejando ver un sendero iluminado por luciérnagas azules que trazaban círculos de luz sobre la tierra. El lobo ladró contento y se esfumó entre los troncos.
Caperucita Roja corrió por el sendero brillante, dejando que las luciérnagas la guiaran. El bosque ya no le tenía miedo, y ella tampoco le tenía al bosque.
La casita de su abuelita se alzaba al final del camino, con humo saliendo de la chimenea y luces cálidas en las ventanas. Caperucita tocó la puerta con los nudillos.
La puerta se abrió y la abuela la recibió con un abrazo amplio y tierno. Caperucita Roja sintió que todo había valido la pena, que el bosque era un amigo.
Caperucita Roja sonrió, apretando la canasta contra su pecho. El bosque había sido grande y maravilloso, y ella había cruzado por él sin temor. Ya era más valiente.