Baco descansaba en el pupitre de la maestra. Sus cuentas azules y rojas brillaban bajo la luz del sol.
Un niño lo tomó y lo acercó a su puño. Dentro llevaba dulces envueltos en papel brillante.
Baco se balanceaba, curioso. El niño comenzó a contar en voz alta: «uno, dos, tres…».
Las cuentas resbalaban: desliz, desliz, desliz. El niño las detuvo con un chasquido.
El niño volvió a empezar, pero los dulces se le escaparon y rodaron por el suelo como canicas.
Baco tintineó al vibrar con el golpe. El niño se agachó, con los ojos muy abiertos.
Un zumbido invadió el aula. Tres abejas doradas entraron por la ventana y se posaron sobre los dulces.
El niño se congeló con un dedo extendido hacia una abeja. Baco inclinó sus varillas como si pudiera alcanzarlas.
Las abejas zumbaron en patrón: zumbido-zumbido-zumbido. El niño susurró: «No tengo suficientes para todos».
Baco se deslizó del pupitre y cayó con un clic sobre la mesa, entre el niño y las abejas.
El niño lo recogió y empujó las cuentas con fuerza: una roja para cada abeja, dos azules para él.
Las abejas se posaron en las cuentas rojas y vibraron felices. El niño soltó una risa alta: «¡Ahora los números son más divertidos!».
Baco permaneció quieto, sus varillas brillando con las cuentas perfectamente repartidas.
El niño guardó a Baco en su cuaderno de matemáticas. «Gracias, amigo».