En el océano azul brillante, Bonito miraba el agua clara y cálida.
Un pececito jurel pasó disparado como un cohete. Bonito intentó seguirlo, pero sus aletas pequeñas no le alcanzaban.
Bonito vio una piedra en el fondo y quiso levantarla. Su cuerpo se inclinó hacia adelante, empujando con todas sus fuerzas.
La piedra era muy pesada. Cayó al fondo con un golpe sordo y se hundió en la arena. Bonito miró sus aletas y frunció el hocico.
Entonces Bonito comenzó a nadar contra la corriente. El agua lo empujaba fuerte, pero él avanzaba despacio, dejando burbujitas detrás.
La corriente era muy fuerte. Avanzaba un centímetro tras otro, pero el agua lo empujaba sin descanso.
Al final, la corriente lo devolvió al inicio. Bonito se hundió en la arena, sin aire.
De pronto, Bonito vio un cardumen de anchovetas brillantes pasar cerca. Sus aletas se pusieron rígidas, su cola se tensó.
Bonito dio un bocado. ¡Zas! Nadó tan rápido que creó un remolino que levantó arenas doradas.
Bonito reunió a los peces más pequeños del arrecife. Les mostró cómo morder un trozo de caballa.
Nadó en círculos alrededor de ellos, dejando estelas de burbujas felices. Los bebés peces replicaron el movimiento.
Sus cuerpos crecieron un poco con cada bocado. El océano azul brillante resplandecía bajo la luz del sol.