Entre corales turquesa, Brina se impulsa hacia una cortina de burbujas que sube hasta la superficie. Un rayo de sol baila sobre una cueva brillante. «Hoy conoceré el mundo de arriba», susurra, apretando contra sí su pequeña concha de la suerte.
Brina nada hacia arriba, siguiendo el hilo dorado de la luz. De pronto, una corriente juguetona la hace girar como una peonza: ¡fiuuu, vuelta y vuelta! La corriente la devuelve junto a los corales, y Brina se agarra de una roca mientras las algas le hacen cosquillas en la cola.
Cuando la corriente se calma, Brina apunta la concha hacia arriba. «Otra vez», piensa. Se estira entre las algas, encuentra el hilo de luz y nada con brazadas firmes hacia la superficie.
Más adelante aparece un arco de coral, encendido por manchas rosadas y turquesa. Brina cruza su túnel siguiendo el destello del sol. Al otro lado, el agua se vuelve clara, ligera y azul como una ventana abierta.
Brina sale del arco y una burbuja enorme se pega a la concha. ¡Crece, crece, crece! La burbuja la levanta y la lleva flotando, redonda y brillante, como un globo submarino.
Por fin, Brina alcanza la superficie. Una ola plateada la levanta suavemente y la deja sobre una cresta brillante. Allí descubre nubes blancas, aves lejanas y el reflejo de su reino submarino mezclados en el mismo resplandor.
Brina abre la concha. El viento entra con un silbido fino: «Fiuuuuu». Luego lo transforma en una melodía que viaja por las olas, desciende con los rayos y también se escucha bajo el agua.
Después, Brina desciende con la concha llena de aire. La coloca junto a la cueva brillante, justo donde cada mañana entran los rayos del sol. La canción del mundo de arriba se une a la del mundo submarino, y el reino entero escucha.