Brinco trota hacia las brillantes aguas del río Nilo. Da pequeños saltitos sobre la arena dorada para no quemarse las patitas.
¡Chiap, chiap!, suenan sus lamidas rápidas al beber sin quedarse quieto un solo segundo. Sabe perfectamente que bajo esas sombras misteriosas se esconden sorpresas con dientes.
De pronto, un tronco verde y rugoso flota lentamente hacia la orilla. Hace plop, plop, y deja un rastro silencioso de pequeñas burbujas.
"Ven más cerca, el agua está más fresca aquí", susurra el tronco abriendo dos enormes ojos amarillos. Brinco baja las orejas al instante y da un paso hacia atrás pisando el lodo húmedo.
El cocodrilo desliza una hermosa flor de loto sobre el agua. "Toma, un regalo solo para ti", insiste con voz melodiosa para engañarlo.
Pero su estirada sonrisa muestra demasiados dientes afilados y goteantes. Brinco olfatea un fuerte olor a algas mojadas, frunce el hocico y niega despacio con su cabeza.
¡SNAP! Las gigantescas fauces se cierran de golpe con una fuerza brutal. Una enorme nube de salpicaduras de agua fría vuela por los aires.
Con su rápido salto gigante, Brinco aterriza sano y salvo sobre una roca muy alta. Desde allí arriba, mira fijamente cómo el tramposo cocodrilo se hunde de nuevo.
Lejos de las orillas del rápido río, un pequeño manantial de aguas cristalinas brota oculto. Su sombra es muy fresca y hay silencio total entre las hojas.
Brinco se acerca moviendo la cola de un lado a otro para beber a grandes sorbos. El único tronco que hay aquí es de madera de verdad y, por suerte, no dice ni pío.