Por los caminos soleados, Brinco corría junto a su dueño. Una hoja giraba delante de ellos, dando vueltas como un trompo. El viento la empujaba de un lado a otro, y Brinco aceleró para alcanzarla.
La hoja aterrizó sobre la cabeza del dueño. Brinco ladró: «¡Guau!». El crujido quedó atrapado entre sus orejas, y los dos soltaron una carcajada que espantó a tres gorriones.
En el parque, Brinco empujó la pelota hacia su dueño. Luego saltó para atraparla, pero la pelota rebotó dentro de un arbusto. Las ramas temblaron. «¡Vamos, Brinco!», animó el dueño, aplaudiendo.
Brinco apartó las ramas con el hocico. Las hojas susurraron: «Fsss, fsss». De pronto, la pelota salió disparada como un cohete, levantando una lluvia de ramitas. El dueño dio un salto hacia atrás.
De regreso en la casita, el dueño se sentó junto a la ventana. Dejó la pelota en el suelo, sin tocarla. Brinco llevó su juguete favorito, lo colocó sobre las rodillas del dueño y esperó. Solo sonaba el reloj: tic-tac, tic-tac.
Brinco esperó un poco más. El dueño miró la pelota, pero no la tomó. Entonces Brinco pensó: «Probaré algo distinto». Se acomodó junto a sus pies y empujó la pelota con una pata.
La pelota rodó entre las patas de Brinco. Brinco intentó seguirla con una danza torpe: un paso, otro paso, ¡zas! La pelota saltó dentro de la cesta, y la cesta empezó a rodar por toda la sala. «¡Brinco!», exclamó el dueño, riéndose por primera vez.
El tintineo llenó la casita. El dueño acarició a Brinco y recogió la pelota. Después abrió la puerta hacia el camino dorado. Brinco salió a su lado, moviendo la cola, mientras el viento hacía bailar las hojas.