Bruma nada rápido entre arcos de coral, dejando un rastro de luz dorada. «No debo brillar tanto», se dice, y gira sobre sí misma para ocultarse tras el coral abanico. Su cola sigue pulsando suavemente, como un corazón de fuego bajo el agua.
Bruma baja la vista hacia su cola. «¿Por qué no puedo apagar esta luz?», piensa, mientras las ondas doradas se expanden sobre la arena. Escucha risas lejanas de otras sirenas y aprieta los puños. «Algún día no necesitaré esconderme.»
Un movimiento rápido llama su atención. Un pez azul se debate en un enredo de kelp espeso. Bruma se acerca despacio. «Tranquilo», susurra, y extiende los dedos hacia las hebras pegajosas. El pez suelta una burbuja y tiembla.
Bruma tira del kelp con cuidado, pero el nudo se aprieta. «Necesito algo más», murmura. Navega unos metros y encuentra una concha afilada entre las piedras. La empuja con la cola hacia el enredo, esperando que corte.
La concha se desliza y cae por una grieta oscura en el coral. «¡No!», exclama Bruma. Pero su cola brillante ilumina la abertura — hay un pasaje estrecho detrás del kelp, y algo brilla en lo profundo. «Quizá ahí está la respuesta.»
Bruma se introduce en el pasaje. Su cola arde como un faro en la oscuridad. «No tengo miedo», se dice. La luz revela piedras cubiertas de musgo y, al final, una roca grande que sujeta el kelp como un ancla.
Bruma coloca sus manos sobre la roca y empuja con toda su fuerza. «¡Fuera de aquí!» grita. El agua burbujea a su alrededor. La roca cede con un chasquido, el kelp se suelta de golpe, y el pez azul sale disparado hacia la luz.
El pez azul gira tres veces alrededor de la cola de Bruma, dejando estelas de destellos plateados. «¡Gracias, amiga!» dice entre burbujas. Bruma ríe. «¡Solo hice lo que podía!»
Bruma nada de vuelta al arrecife abierto. Esta vez no busca un rincón oscuro. Su cola brilla con fuerza, y el agua parece bailar con ella. «Soy yo», piensa. «Y está bien brillar.»
Una sirena mayor nada junto a ella. «¡Bruma, tu cola!», exclama. «Brilla más que nunca.» Bruma sonríe. «Es mi luz. Y puedo usarla para algo bonito.» La sirena asiente y ambas continúan, dejando estelas doradas en el agua.
De pronto, Bruma ve algo pequeño y tembloroso entre las rocas. Un camarón perdido, con una pata rota, no puede seguir el corriente. «Ven aquí», dice ella, y usa su cola para crear una corriente suave que lo guía hacia un grupo de camarones más grandes.
El camarón se une al grupo y desaparece en la seguridad del coral. Bruma nada hacia la superficie, donde los rayos de sol dibujan caminos de luz en el agua. Su cola brilla, y por primera vez, no siente vergüenza. Solo alegría.