José se detiene al borde del sendero y huele el aire: hojas húmedas, flores silvestres y tierra fresca de la montaña verde.
Rosa, Tomás y Sofía lo siguen. Los cuatro levantan la vista hacia nubes blancas sobre un lago azul rodeado de árboles frondosos. José da un paso adelante, sus bigotes vibran de emoción, y la familia se adentra en el sendero.
Avanzan entre los árboles y descubren unos grandes cacayos. Tomás salta para alcanzar una rama baja; los frutos caen con golpecitos suaves y Rosa los recoge en su delantal. Los pájaros cantan en las copas.
José sonríe. Esa sonrisa le dice que aquel lugar puede convertirse en su hogar.
José comienza a reunir ramas secas para construir una madriguera, pero el terreno es duro y las piedras bloquean cada golpe de sus patas.
Intenta tres veces cavar en lugares distintos — bajo un arbusto de flores azules, junto a un tronco caído y cerca de un musgo blando — pero nada cede. Su oreja derecha se desploma y un pájaro carpintero golpea un árbol cercano con un ritmo rápido: no, no, no.
José observa los cacayos más de cerca y nota que sus raíces gruesas forman cuevas naturales bajo tierra. Llama a su familia y todos entran por un túnel oscuro que huele a tierra húmeda y raíz dulce.
De pronto, un rayo rompe el cielo y la lluvia golpea las hojas con estrépito, pero dentro del refugio todo está seco y cálido. Tomás abraza a Sofía y Rosa aprieta su delantal lleno de frutos contra el pecho.
José apoya su frente contra la corteza rugosa del árbol: ¡por fin tienen un hogar!
La tormenta se detiene. José sale acompañado de su familia y juntos caminan hacia la orilla donde las flores silvestres se mecen. Tomás se sienta, Rosa comparte un fruto con Sofía, y José se recuesta contra un tronco mientras la brisa fresca le acaricia los bigotes.