Naseem abre los ojos y los rayos del sol le pican los párpados. Gira la cabeza: una bufanda resbalando, unas muñecas boca abajo, una torre de bloques tambaleándose. Pensó: «¡Qué desastre!»
Sus dedos se enroscan alrededor de la torre inclinada: ¡no, no, no! Retira la mano antes de que los bloques salgan volando. Debajo de la cama: tres cajas de colores.
Arrastra las cajas hasta el suelo de madera. Levanta la bufanda: la bufanda… ¡va en la caja roja! La coloca con suavidad.
La pelota… la pelota va en la caja azul. Luego empuja el camión verde: ¡empuja, empuja, empuja!
El camión cae de cabeza sobre su nariz: polvo gris. ¡Puf, puf, puf! Estornuda tres veces. Se sacude las lágrimas. Sigue adelante.
El patito resbala y rueda. Se arrastra debajo de la cama y extiende la mano: ¡plas! Salta y su risa le hace temblar los hombros.
Lo coge con suavidad. Pensó: «¡Estabas escondido!» Lo coloca en la caja verde. Se levanta: el suelo está impecable, no queda nada.
Se queda en medio de la habitación. Rayos dorados dibujan líneas sobre el suelo limpio. Las tres cajas, en fila. Sonríe: su boca se estira de oreja a oreja.
Alarga la mano hacia la tablita pequeña — colores fluidos y flechas — y la cuelga sobre las cajas. Un clac suave.
Sus dedos tocan el borde de cada caja: roja, azul, verde. Se sienta y apoya la barbilla en las manos. Un polvillo baila en el haz de luz. La habitación está en silencio.







