Calaverita corre descalza por el sendero del panteón. Sus huesitos brillantes rebotan contra los pétalos anaranjados de cempasúchil que alfombran el camino hasta la ofrenda familiar.
Cada rincón huele a incienso y pan dulce. Calaverita sonríe, porque ya sabe que eso significa que las historias de los que se fueron están a punto de comenzar.
Al llegar, su abuela le señala el altar lleno de velas y fotos y le dice con voz cálida: 'Aquí está lo que más extrañamos, hijita.' Calaverita asiente con seriedad, pero sus ojos brillan con curiosidad.
Calaverita se acerca despacio a la ofrenda. Sus dedos pequeños rozan una de las fotografías sobre la mesa cubierta de papel picado.
En ese instante, una brisa suave mueve las hojas y las velas parpadean. Parece como si alguien respondiera desde dentro del papel.
Sus labios se mueven ligeramente, formando palabras mudas que Calaverita distingue perfectamente.
Entonces comprende que la memoria vive en cada gesto, cada objeto y cada momento compartido.
La abuela se agacha a su lado y le toma la mano. Las dos miran las fotografías en silencio.
Una de las velas parpadea fuerte y luego se estabiliza. Calaverita cree que es un guiño.
Calaverita sonríe y apoya su cabecita contra el brazo de su abuela. No necesita preguntar nada más.
El panteón entero brilla con lucecitas danzantes. Cada vela es un recordatorio de que nadie se pierde cuando se le quiere con cariño.
Calaverita cierra los ojos y escucha. El viento trae risas, canciones y el aroma a pan dulce. Todo está aquí. Todo vive.