Casilda baja corriendo la colina, la oreja ondeando con el viento. Las ovejas la siguen hacia el valle verde.
Casilda se detiene en seco al entrar al prado. Algo la hace levantar la cabeza: un perro desconocido huele entre las ovejas.
El perro nuevo salta y ladra: ¡Juguemos! Casilda mueve la cola despacio, sin apartar la mirada.
Casilda por fin se lanza a correr. El perro nuevo sale en pos de ella, alegre y veloz.
Corren y corrían, se perseguían entre las flores blancas. Risas de perros llenaban el prado.
De pronto, Casilda frenó. Un olor nuevo llegó con el viento: una mujer, Laura, venía por el sendero.
Laura se agachó y acarició a Casilda. Luego miró al perro nuevo y sonrió: Qué bonito compañero.
Casilda siguió a Laura por el sendero de regreso. El perro nuevo trotaba a su lado, ya sin miedo.
Ya casi al final del camino, Casilda se detuvo. Las ovejas aún pastaban tranquilas en el prado.
Casilda se tumbó junto a Laura, cansada pero feliz. El perro nuevo se echó a su lado, sin querer separarse.
El sol se ponía sobre las montañas, pintando todo de dorado. Casilda cerró los ojos, tranquila.
Cuando Casilda abrió los ojos, el perro nuevo ya estaba dormido a su lado. Mañana volverían a jugar.