El cielo nocturno se llenaba de estrellas, pero Centella era pequeña y su luz temblaba. Las estrellas mayores brillaban con tanta fuerza que a Centella le dolía mirarlas. "¿Y yo?" susurró, y su resplandor se atenúo a un suave pulso plateado.
Centella se acercó a Lyra. "¿Qué nombre me das?" preguntó. Lyra trino: "Yo te llamo Destello." Centella intento brillar, pero su luz parpadeó y se apago.
Centella se desvanecio hacia la Cruz del Sur, que murmullo: "Llámate Brillo." La palabra se sintió pesada, haciéndola hundirse mas en la oscuridad.
De pronto, un cometa paso zumbando y su cola le hizo cosquillas en la nariz. Centella se rió y su luz titileó otra vez, débil pero viva.
La noche la llevо a un valle oscuro donde un niño caminaba entre zarzales. Centella empujó su luz hacia abajo como una manta cálida.
El niño levanto la mirada, sonrió y siguió su resplandor hacia casa. "Gracias, estrellita," susurró. Centella sintió que su luz se expandía, brillante y constante.
Su luz ya no titilaba. Brillaba con una calma que ninguna otra estrella del cielo parecia tener. Centella comprendió: no necesitaba un nombre. Solo necesitaba seguir brillando.
Desde entonces, Centella brillaba sin intentar ser la más brillante. Las otras estrellas notaron su luz estable y suave, y comenzaron a mirar hacia ella cuando la noche se hacia mas oscura.
Cuando la noche se profundizaba, Centella entonaba la misma nana que el viento habia traido esa primera tarde. Su luz se convertia en un hilo que bajaba despacio hacia el valle.
El hilo plateado llegaba hasta los tejados de las casas y hacia cosquillas a los sueños de los ninos que ya no tenian miedo de la oscuridad.
Cada nino que miraba hacia arriba sabia exactamente dónde encontrarla. No era la mas brillante del cielo, pero era la que nunca dejaba de brillar.
Y asi, Centella brillo esa noche y todas las noches siguientes, suave y constante, como una nana que el viento nunca deja de cantar.