En la Montaña de los Unicornios, la fábrica de dulces brillaba con luz propia. Todo el mundo sabía que el Corazón Brillante lo hacía posible.
Pero esa noche, un villano con capa gris se coló en la fábrica. Arrebató el Corazón Brillante y lo guardó en su cape.
Los caramelos se apagaron con un susurro. Rodearon el suelo, mudos y sin aroma. Chispa y sus amigas encontraron la fuente vacía.
Chispa recogió un caramelo apagado y lo guardó en su bolsillo. "Aún quedan dulces", dijo, y sus amigas asintieron. Sus cuernos brillaron tenuemente.
Juntas bajaron la montaña con bolsas llenas de dulces sin magia. Primero encontraron a un conejito que sonrió al probar un caramelo. Sus orejas se erguían.
Luego encontraron a una liebre que reía mientras comía. Sus patas danzaban en el aire sin tocar el suelo.
Entonces las bolsas comenzaron a brillar. Un resplandor dorado se expandió por toda la montaña, y cada caramelo flotó y giró en el aire.
Chispa y sus amigas se detuvieron y levantaron las manos, viendo los dulces girar. Desde lejos, el villano también sonreía por primera vez.
Repartieron dulces brillantes por toda la montaña. Cada niño que los probaba soltaba una risa que hacía temblar las flores.
El villano dejó su capa gris y ayudó a empaquetar caramelos. Sus manos, antes sombrías, ahora envolvían dulces con cuidado.
La fábrica ya no necesitaba el Corazón Brillante. Las risas de los niños eran suficiente.
Chispa miró la montaña entera, llena de luz y sonido. "Esto", pensó, "es mucho mejor que un corazón de cristal."