Este es el cochecito rojo favorito de Jano. «¡Pi, pi!» ¡Recorre la habitación entera: por debajo de la mesa, alrededor de la alfombra y pasando la cesta de bloques! ¡Brum, brum, bruuum!
«¡Din, don!» Suena el timbre. ¡Un amigo ha venido a jugar! Desde la puerta saluda con la mano, con una gran sonrisa. Pero… un momento: ¿y el cochecito rojo qué?
«¡Es mío!» Jano abraza el cochecito fuerte, fuerte, fuerte, y se da la vuelta. La mano estirada del amigo se queda quieta en el aire. Y nadie dice nada de nada.
Jano se va a jugar a un rincón, con el cochecito bien abrazado. Lo empuja un poquito… y otro poquito. Pero… ¿eh? ¿Por qué de repente ya no es divertido? Hasta el «pi, pi» suena bajito.
¡Anda! Allí, el amigo ha construido una rampa larguísima con los bloques. Baja desde la estantería hasta la alfombra, con curvas y todo. Y parece… muy, pero que muy divertida.
Jano se acerca despacito, despacito, y le ofrece el cochecito: «…Te lo presto un ratito. ¿Jugamos por turnos?». Y la cara del amigo se ilumina como un solecito.
«¡Tres, dos, uno… YA!» El cochecito baja la rampa zumbando y aterriza justo en unas manos que lo esperan. ¡Bieeen! ¡A esto no se puede jugar sin un amigo!
Un taller, un túnel, un puente enorme de bloques… ¡un juego nuevo tras otro! El cochecito pasa por todos haciendo «pi, pi»… ¡y las risas no paran, no paran!
¡Hora de la merienda! La galleta también se parte por la mitad. ¡Crac, crac! Y el cochecito tiene su propio aparcamiento en la mesa. Compartiendo, todo sabe más rico.
¡A recoger! Los bloques vuelven a su cesta, y el cochecito, a su sitio especial del estante. «¡Vuelve pronto a jugar!», dice Jano, saludando sin parar. «¡Jugar juntos es mil veces mejor!»