Lía se aferra al marco de hierro de la puerta del salón de kínder. Sus dedos pequeños se hunden en el metal frío mientras los demás niños pasan como un río de mochilas de colores. «No quiero entrar», susurra. El timbre suena. Ting. Ting.
Un niño con calcetines desparejos le ofrece la mitad de su crayón naranja sin decir nada. Ella lo toma; la cera aún está tibia. Cuando suena la campana, Lía ya está sentada en la alfombra, coloreando un sol torcido.
En cuarto grado, Lía levanta la mano tan rápido que derriba su botella de agua. El agua se extiende por la hoja de matemáticas como un lago azul diminuto. «¡Yo sé la respuesta!», dice, y su voz no tiembla nada.
En sexto grado, Lía lidera el equipo de debate. Está frente al auditorio con un micrófono en cada mano y un mazo de tarjetas índice bajo el brazo. «En realidad», dice al equipo contrario, «el registro histórico demuestra—». Los padres se inclinan hacia adelante.
El último día de onceavo, Lía camina hacia el patio del antiguo roble. Aquí lloró el primer día. Se arrodilla junto a las raíces, excava con las manos desnudas, la tierra manchada en sus nudillos, y abre la tapa oxidada de la cápsula del tiempo.
Abre la cápsula. Dentro encuentra su dibujo del kínder: un sol amarillo con rayas torcidas, el mismo que pintó con aquel crayón naranja. Lo saca con cuidado, doblado en cuatro, y lo desdobla lentamente.
Lía se sienta bajo el roble y sosténe su primer dibujo junto a una foto de graduación. El mismo sol, ahora enmarcado por el diploma. Unos estudiantes más jóvenes pasan y le preguntan si está perdida. Ella sonríe.
Los niños menores la miran con curiosidad. Lía señala el edificio de la escuela con el pulgar. «No», dice, con una sonrisa tranquila. «Esta es mi casa». El roble viejo susurra hojas secas y el viento se lleva su respuesta.