El pueblo brillaba bajo el sol. Daniela salió al prado y se detuvo en seco.
Una rienda roja brillaba en la hierba. Daniela la recogió, la olió, y la guardó en el bolsillo. "Algo va a pasar — pensó."
Daniela corrió al bosque y vio huellas de cascos en el barro. Las siguió hasta un arroyo.
El arroyo bloqueaba el camino. Daniela mordió el labio. Buscó y encontró una cuerda atada a un árbol.
Ató la cuerda a una piedra y saltó. La piedra resbaló — Daniela cayó de rodillas en el barro. "¡Uy! — murmuró."
Un relincho vibró entre los arbustos. El caballo negro asomó su cabeza. Daniela le extendió la rienda roja. Él la tomó con cuidado.
El caballo la guió hacia una manada que galopaba libre al atardecer. Daniela corría entre ellos, riendo. La brisa movía su pelo.
El caballo negro se detuvo y lamió la mano de Daniela. "Gracias — susurró ella." El sol se fue bajando hasta desaparecer.