Detrás del sofá, Dayanna encontró una caja de cartón enorme. ¡Perfecta para navegar!
Dayanna se metió dentro, se puso un colador de cocina como sombrero y tiró de una manta. «¡A navegar!» gritó.
Empujó la caja por la alfombra. El sofá era una isla y la mesa, un risco. «¡Cuidado con las olas!» hizo papá, silbando.
La caja rozó una pata de la mesa. Dayanna frunció el ceño. Tenía que pasar por un hueco muy estrecho.
Se coló entre la mesa y la nevera. ¡Zas! El colador le cubrió los ojos. «¡No veo!» chilló, riendo.
Llegó al pasillo. La puerta de su habitación estaba abierta, pero más allá… solo oscuridad. «¿Y si hay monstruos?» susurró.
Abuela apareció con una linterna. La luz temblaba como el rayo de un faro. «A los monstruos también les gusta navegar», dijo.
Pulsó la linterna contra la pared. Las sombras bailaban como gigantes amigables. Dayanna respiró hondo y avanzó.
La luz de la linterna brillaba sobre la caja. Era como un faro en medio de la noche. Dayanna sonreía.
—¡Todos a bordo! —gritó Dayanna. Mamá, papá y abuela se metieron en la caja. No se movió ni un milímetro.
Se rieron tanto que les dolía la barriga. Dayanna apoyó la cabeza en el hombro de mamá. La mano de papá descansó en su rodilla.
—Esta es la mejor barca del mundo —dijo Dayanna, cerrando los ojos.