Mari lanza su bicicleta con fuerza contra el adoquín. Una piedra salta y golpea la puerta de su vecina. Sofía abre la puerta, sosteniendo un balón bajo el sol.
Sofía no se va; patea el balón suavemente hacia Mari. La niña lo detiene con el pie como si fuera una bomba. El cuero está frío y rugoso al tacto.
Mari empuja el balón con demasiada fuerza. Bota descontroladamente hasta chocar contra un gato dormido que huye maullando asustado. Los dos niños se quedan paralizados.
El balón rebotado cae sobre un charco pequeño, salpicando lodo limpio en la nariz de Sofía. Ella mira a Mari con ojos muy abiertos antes de soltar una risa alta.
La tensión se rompe cuando Mari también empieza a reírse. El sonido de sus risas juntas llena el callejón, ahogando el silencio anterior. Ya no hay rabia, solo diversión compartida.
Sofía ofrece el balón con una sonrisa cómplice, invitando a Mari a jugar. Mari acepta, corriendo hacia el balón mientras el viento mueve sus cabellos. La alegría crece en cada paso.
Juntas persiguen el balón, descubriendo que la diversión es más grande cuando hay dos parejas en lugar de una. Sus siluetas se mezclan con la luz dorada del atardecer.
El juego continúa sin prisa. Las sombras se alargan sobre los adoquines fríos. Mari y Sofía ríen mientras controlan el balón juntos, olvidando la ira inicial por completo.