Doménica pedaleaba por el sendero del parque con Rambo en la canastilla. Una hoja dorada voló y se posó en la nariz de Rambo. El camino se dividía en dos. —¡Mira, Rambo! —dijo Doménica.
Tomó el camino de la izquierda. Rambo encontró una bellota brillante. Doménica la guardó en su bolsillo. —¡Qué tesoro! —pensó.
De pronto, una rama seca cayó del árbol. ¡Crac! La bicicleta chocó y se torció. Rambo ladeó la cabeza. Doménica suspiró.
Rambo corrió hacia un sendero entre arbustos. Se detuvo y miró hacia atrás. —¡Ven! —parecía decir.
Doménica levantó la bicicleta y la empujó por el sendero. El suelo estaba cubierto de musgo suave. Las hojas caían despacio a su alrededor.
Juntos llegaron a un claro iluminado por la luz dorada de la tarde. Doménica se sentó en el musgo y acarició a Rambo. —Esto es hermoso —pensó.
Las hojas doradas giraban en el aire como mariposas. Rambo apoyó la cabeza en la mano de Doménica. Ella cerró los ojos y sonrió.
El parque se llenó de colores mientras el sol bajaba. Doménica y Rambo permanecieron sentados, en silencio, disfrutando del momento.