Nico salta hacia el claro soleado y se detiene en seco. Su pata se alza en el aire, buscando el sombrero rojo que siempre lleva. No hay sombrero. Solo hojas verdes y flores amarillas.
Su patita busca en el aire. El bosque cruje a su alrededor. El sombrero rojo ha desaparecido.
Nico corre hacia un tronco grande y se pone de puntitas. Mira a un lado, mira al otro. El viento mueve las ramas. Cruje, cruj. Nada.
Baja y corre hacia un grupo de flores rojas. Se mete entre ellas. Huele una. Huele otra. Huele una tercera — ¡pum! Algo suave y rojo se desliza por su cabeza.
Nico se queda quieto. Sus orejas se mueven. El sombrero está mojado de rocío. Frío, pero suyo.
Nico se limpia el sombrero con sus patitas delanteras. Lo coloca bien, bien alto. Sonríe y da un pequeño salto.
El bosque entero parece brillar. El sol calienta su espalda y las flores se mecen despacio. Nico camina con su sombrero rojo bien puesto.
Una mariposa pasa volando cerca de su oreja. Nico la sigue con la mirada, tranquilo. El bosque está en paz. Y él también.