Hugo camina entre las raíces hasta el borde del musgo. El aula brilla bajo los árboles. Se detiene. Se enrosca. Púas rígidas. Clic. Clic. Clic.
Los ratoncitos y los pajaritos charlean sobre sus cojines gorditos. Hugo sigue enroscado. No se abre.
Hugo estira una garra. ¡Sniif! Sus púas se enganchan en la tela. Retrocede. Se enrosca más apretado.
«¿Te caes?», susurra la ratoncita desde dos cojines atrás. Hugo sacude todo el cuerpo. No. No, no, no.
La maestra baja de su tronco y abre un cojín. Capas y capas de relleno. Blando como nube.
«¡Cojines extra-dobles para todos!» Rebota. Boin. Boin. Boin. El pajarito salta tres palmos y cae boca abajo sobre una raíz. Todos se ríen.
Hugo se desenrolla. Despacio. Púa a púa, se apoya en su cojín. La tela cede con un quejite suave. Nadie se espanta.
La ratoncita le toca las púas con su patita. Guasarra. «¡Blandas!» Su última púa se curva y se aplana contra el relleno.
«¡Primera clase, amiguitos!» Golpea la tiza de bellota contra la pizarra de corteza. Hugo se acomoda. Púas planas. Cola colgando del borde del cojín.
Una hoja ancha cae sobre su espalda. La apaña. La pasa a la maestra. Todos charlean y remueven colas. Las garras de Hugo ya no aferran.