Lupita caminaba por la acera con sus guantes de boxeo bajo el brazo, rumbo a la cancha. De pronto, un papel arrugado brillaba entre las grietas del pavimento. Lo desdobló y vio billetes — veinte mil pesos. Los apretó contra el pecho, dio tres saltos y reía sin poder parar.
En lugar de entrar a la cancha, Lupita giró hacia el puesto de frutas. Se quedó paralizada ante los montones de colores. «¿Cuánto?» — preguntó por un mango enorme, una papaya, uvas y un plátano. El vendedor asintió y cerró la bolsa que crujía.
Lupita se sentó en el banquito de madera y abrió el mango con cuidado. La pulpa amarilla goteaba sobre su mano. Mordió despacio, saboreando el dulzor que le recordaba a los veranos de su abuela.
Un gato callejero se acercó despacio. Lupita le rompió un trozo del mango y rió cuando el gato se alejó con el pedazo en la boca.
De vuelta en casa, Lupita colocó las frutas sobre la mesa: el mango, la papaya, las uvas, el plátano. Brillaban bajo la luz de la cocina como tesoros.
Lupita se sentó, sonrió, y se preguntó cuántos días más podía regalarle a su vida algo tan simple como una fruta nueva.
Al día siguiente, Lupita volvió al puesto de frutas sin ir a boxear. El vendedor la saludó y ella preguntó por algo que nunca había probado.
Él le mostró un fruto extraño y verde. Ella lo miró, lo dio la vuelta en las manos, y lo compró sin dudar.
La bolsa crujía otra vez mientras caminaba de vuelta. Pero esta vez el sonido era de costumbre, no de sorpresa.
Lupita abrió la bolsa en su cocina y sacó el fruto nuevo. Lo olió, lo pesó en la palma, y sonrió. Otro día más para regalarle a su vida algo simple.