La tormenta sacudió las montañas y un relámpago hizo temblar las ventanas del castillo. Brumafuego extendió sus alas frente a la princesa, cubriéndola mientras unas sombras avanzaban por el patio. Ella apretó su lámpara dorada. «¿Qué son?» Afuera, los truenos retumbaron entre las torres.
La puerta principal comenzó a golpear: «¡Pum, pum, pum!» Brumafuego descendió al patio y rugió hacia las sombras. El viento les daba vueltas como capas gigantes, y la princesa corrió detrás con su lámpara. Brumafuego alzó una garra. «Quédate dentro».
La lluvia repiqueteó sobre las piedras. Entonces una sombra tropezó y cayó de cabeza dentro de un barril vacío: «¡Clonc!» La princesa se asomó, y encontró huellas embarradas junto a paquetes, mapas y una brújula rota. Brumafuego siguió aquel rastro hasta la puerta exterior.
Una voz gritó desde la niebla: «¡No somos monstruos! ¡Estamos perdidos!» Entre la bruma plateada aparecieron tres viajeros empapados. Uno estornudó tan fuerte que su sombrero salió volando. La princesa levantó la lámpara, y los viajeros alzaron las manos para mostrar que no llevaban armas.
Brumafuego abrió las rejas con sus garras y guió a los viajeros hacia el gran salón. La princesa extendió los mapas sobre la mesa e iluminó sus caminos con la lámpara. Por primera vez, el patio dejó de parecer un lugar de monstruos: solo quedaban lluvia, barro y pasos apresurados.
Un trueno apagó todas las velas. En la oscuridad sonaron golpes temblorosos: «Toc, toc». La princesa escuchó junto a la mesa y dijo: «Primero, que entren. Después, preguntamos». La tormenta golpeó con más fuerza, pero el castillo ya no parecía vacío.
Brumafuego se colocó junto a la puerta mientras la princesa repartía mantas secas. Los viajeros señalaron en el mapa el camino de regreso: un paso estrecho, un bosque oscuro y un puente de piedra. Cada indicación acercaba la mañana, aunque afuera la lluvia todavía golpeaba los tejados.
Al amanecer, las nubes se separaron sobre las montañas. Brumafuego dejó de rugir y ofreció su cola como puente para cruzar el patio mojado. Los viajeros rieron al subir, y la princesa caminó a su lado, escuchando cada indicación. El camino de regreso comenzaba más allá de las rejas.