Bernardo corre persiguiendo a su manada hasta el río. El agua le arrastra la barriga, sus patas resbalan sobre las piedras lisas del lecho. ¡Zas!
Se detiene a la orilla. Al otro lado, la manada ya camina bajo las acacias. La corriente le jala las orejas. Se van sin mí, piensa.
Se cuela entre las rocas con el trompa oliendo el barro. En un hueco pequeño, donde ningún elefante grande cabe, hay un loto azul con los pétalos cerrados. Está esperándolo.
Pega las orejas a la piedra fría. Estira el trompa, estira, estira… ¡Lo toca! El loto azul, con los pétalos cerrados, se mueve un poquito.
Levanta el loto sobre la cabeza como un sombrerito. Una gota le cae en la espalda: ¡PLOP! Se queda congelado. El loto no se cae.
Se arrodilla junto a su abuela, que duerme con el trompa doblado sobre una piedra fría. Coloca el loto azul en su frente y susurra: «Abuela.»
Ella abre los ojos despacio, muy despacio. El sol entre las acacias cae justo sobre los pétalos azules. El loto se abre un poquito más.
Se pone de pie y despliega las orejas, atrapando el viento caliente. Detrás, el río murmura. Camina hacia su manada, con el olor del loto todavía pegado al trompa.