Lucía jugaba en el patio cuando un ruido detrás de una maceta la detuvo. Algo se movía entre las hojas.
Se agachó, apartó las hojas y descubrió un gatito diminuto que maullaba suave. «¡Profe!», gritó, corriendo hacia el salón.
La profe se arrodilló y sacó al gatito con cuidado, envolviéndolo en su pañuelo. «Creo que este pequeño necesita un hogar», dijo.
Lucía asintió, abrazando el pañuelo contra su pecho mientras el gatito seguía dormido dentro.
La profe de inglés entró, tomó al gatito en sus brazos y susurró: «Tan lindo…». «¿Lo puedo adoptar?», bromeó.
Lucía se paró firme, tomó al gatito de las manos de la profe y lo apretó contra su pecho. «Él se queda conmigo», dijo.
El gatito ronroneó fuerte contra su abrigo, y Lucía sonrió por primera vez ese día.
Ese mismo día, la profe puso una manta en una esquina del salón. Lucía se sentó a su lado mientras la clase seguía.
El gatito se quedó dormido, ronroneando suave, y Lucía lo miró sin parar de sonreír.
La profe de inglés sonrió desde su escritorio y siguió con la clase, como si nada fuera diferente.
Lucía apoyó la cabeza en la manta, junto al gatito, y cerró los ojos un momento.
El gatito abrió un ojo, luego el otro, y miró a Lucía. Ella le devolvió la mirada sin decir nada.