La casita encantada parpadea en lo alto de la colina llena de calabazas. La noche de Halloween huele a hierba fría y velas.
Zuzu revuelve el caldero con su cuchara de madera. Gira, gira, gira. El líquido burbujea y brilla.
¡PLOF! Un soplón de humo verde escupe por la ventana. Zuzu se queda con la cuchara en alto, la boca abierta como una calabaza pelada.
El chispazo dorado rueda por el jardín y deja un rastro de luz sobre la hierba fría. Piti, piti, piti — las copas se encienden como luciérnagas desbocadas.
Zuzu corre tras el hilo brillante. ¡Tras, tras! Tropieza con la tumbona volcada y se golpea la rodilla contra el pasto.
El chispazo se planta en el montón de calabazas. Un temblor. Un crujido largo. Y la más grande parpadea con su carita tallada.
«¡Hola, Zuzu!» Las demás se levantan en fila, dándole golpecitos al suelo con sus tallos, como zapatos de cuero viejo.
Zuzu les tiende la mano y ellas la toman con sus brotes. Giran, giran, giran bajo las copas que parpadean en ámbar.
Tres vecinos asoman por sus ventanas y se quedan mirando, sonriendo. El golpeteo de los tallos suena como palmas lentas y gordas.
Zuzu cae de espaldas y ríe tan fuerte que su sombrero se le cae a los pies. «¡Buenas noches, Zuzu!» Ella levanta dos dedos desde la hierba y sonríe hacia arriba.