En un reino donde los niños reciben un hechizo al nacer por sorteo, Kaelo creció con uno suyo: un fuego suave que siempre dormía bajo sus palmas.
Un guarda real llegó con pasos pesados y le entregó un pergamino oficial con tinta roja: su hechizo había sido declarado ilegal. Kaelo lo leyó con los ojos muy abiertos y apretó el pergamino en el puño; el papel crujió con fuerza.
Poco después, Kaelo se subió al taburete de cocina, cerró los ojos y sopló sobre sus palmas para intentar invocar su hechizo una vez más.
De sus palmas solo salió un hilito delgado de humo gris que le hizo toser. Se frotó los ojos con los puños cerrados, frustrado, y el humo se dispersó en el aire de la cocina como un suspiro sin fuerza.
Un guarda más lo encontró en la plaza del mercado y le ordenó con voz firme que dejara de intentar usar magia.
Kaelo bajó la mirada y murmuró un 'sí, señor' mientras sus dedos se contraían alrededor de su bolsa vacía. El guarda se marchó y el muchacho se quedó solo entre los puestos del mercado.
El muchacho se refugió en un rincón del jardín donde los callejones se cerraban y el mundo se hacía silencio.
Allí cerró los ojos con determinación y concentró toda su voluntad en las palmas, sin importarle quién pudiera verlo.
Una pequeña chispa dorada apareció y danzó entre sus palmas, iluminando sus dedos y el suelo a su alrededor.
El guarda que pasaba por ahí se detuvo en seco, con los ojos bien abiertos, sin poder creer lo que veía.
Kaelo abrió las manos y mostró la chispa dorada al guarda, que la observó en silencio antes de arrugar el pergamino oficial y guardárselo en el bolsillo.
La luz brilló con fuerza y el guarda asintió sin decir nada, como si el pergamino ya no importara.