Isidora se sentó en el jardín y sacó su estuche viejo y desgastado. Abrió el cierre con cuidado, como si guardara un secreto, y desplegó sus lápices de colores uno por uno sobre la hierba.
Isidora trazó líneas con su lápiz más oscuro, puis fue pintando la puerta paso a paso. La madera apareció en el papel, con sus bisagras y su pomo. Y de pronto, la puerta crujió.
La puerta se abrió sola. Un soplo de aire fresco salió, con olor a pintura nueva y a jazmín. Isidora se inclinó hacia adelante y vio escalones que subían hasta un cielo salpicado de manchas de color.
Isidora subió el primer escalón, luego el segundo. Sus dedos se cubrieron de polvo brillante que rebotaba la luz del atardecer como confeti flotando en el aire.
Ya arriba, Isidora encontró un río de acuarela que fluía entre árboles hechos de crayones gigantes. Un pétalo azul se desprendió y flotó hacia ella. Estiró la mano para tocarlo.
El río saltó y manchó su camiseta de colores. Isidora miró las manchas y no pudo evitar soltar una risa que sonó como cascabelitos.
De entre las páginas de un libro abierto brotó un dragón hecho de espirales de lápices de colores. Estornudó con fuerza y plumas de papel volaron por todos lados.
El dragón bostezó, estiró su cuello largo y se enredó en la cuerda de la ropa tendida. Isidora se acercó con cuidado, sus lápices rodando por el suelo mientras trabajaba para desenredarlo.
Por fin, el dragón se liberó. Se sacudió las alas, miró a Isidora con ojos de punta de lápiz, y se acostó en el pasto manchado de colores.
El dragón cerró los ojos y empezó a ronronear, un sonido grave y cálido que vibraba en el pasto. Isidora apoyó la cabeza en sus manos y dejó que el sueño la envolviera.
El viento silbaba suave entre los crayones, haciendo sonar las hojas como páginas que se pasan en una mañana tranquila. Isidora sonrió en su sueño, y el dragón ronroneó más fuerte.
Y así, Isidora descubrió que los jardines más hermosos no están hechos de flores, sino de lápices, colores, y amigos que ronronean entre las páginas.