Hoy Francesco conoce a alguien nuevo de la familia: un pececito dorado con una cola que ondea como un lazo de seda. Francesco mira dentro de la bolsa, con la nariz pegadita. «Hola. Yo voy a cuidarte.»
La nueva casa del pececito es una pecera de cristal reluciente, con piedritas en el fondo y una planta acuática que se mece suavecito. El pececito nada despacio y lo recorre todo. ¡Parece que le encanta!
¡Hora de comer! Solo una pizquita: ni mucho ni poco. La comida baja flotando como copitos de nieve, y el pececito sube disparado. «¡Si comes de más, te dolerá la pancita!»
Cada mañana, lo primero que hace Francesco es agacharse como un pequeño inspector: ¿está limpia el agua? ¿Nada contento el pececito? ¡Todo en orden! Solo entonces va a desayunar.
¡Día de cambiar el agua! El pececito espera en un vasito mientras Francesco trabaja: despacito, con cuidado, sin salpicar. Entra el agua limpia y fresquita, y la plantita vuelve a su sitio. «¡Ya casi está, pequeñín!»
¡El pececito ya conoce a Francesco! En cuanto Francesco se acerca, viene nadando y sopla burbujitas contra el cristal: glup, glup, glup. «¡Hola para ti también!», ríe Francesco.
Jugar afuera es TAN divertido… hasta que el cielo se pone oscuro. ¡Ay, no! Francesco se detiene de golpe, con las manos en las mejillas. ¡Hoy nadie le ha dado de comer al pececito! ¡Ni una escamita!
¡Tap, tap, tap! Francesco corre a casa y se ata el delantal. «¡Perdón por llegar tarde! ¿Tenías hambre?» Una pizquita de comida, espolvoreada despacito… y el pececito sube nadando: todo perdonado.
A Francesco se le ocurre un buen truco: ¡poner la lata de comida junto al cepillo de dientes! «Después de cepillarme, nunca me olvidaré de ti.» Francesco da un paso atrás, cruza los brazos y asiente. Perfecto.
El pececito brilla, redondito y fuerte, soplando burbujas felices bajo la lamparita. Una vidita entera cuenta con Francesco todos los días… y eso hace que Francesco se sienta muy, muy importante.