El sol brillaba con fuerza, calentando las húmedas y exuberantes orillas del río Nilo. El agua verde fluía muy suavemente, rozando la base de los altos juncos a cada lado.
Roco pisó el barro blando de la orilla y estiró el cuello para beber. El agua hacía "glug, glug" mientras él daba sorbitos rápidos muy concentrado.
Un fuerte crujido sonó entre los grandes juncos verdes. Roco movió las orejas y dio un pasito hacia atrás, mirando fijamente unas extrañas burbujas que subían a la superficie.
Un tronco marrón cubierto de algas flotó despacito hacia él. De pronto, el tronco parpadeó. ¡Tenía dos enormes ojos amarillos asomándose sobre el agua!
"Ven más al fondo, perrito", susurró una voz rasposa. "El agua aquí está mucho más fresca". Roco no quiso avanzar, así que se sentó sobre sus patas traseras.
El enorme reptil se acercó un poco más a la orilla. Levantó la gruesa cabeza y sonrió, mostrando una enorme hilera de dientes blancos que brillaban enteros bajo el sol.
"Solo da un pequeño saltito", insistió. Un pajarito azul salió volando asustado de su escondite. Roco olfateó un viento que olía a pescado viejo y negó fuertemente con la cabeza.
¡ZAS! Las pesadas mandíbulas se cerraron de golpe con un ruido espantoso. Una inmensa cortina de agua fría y verde saltó por los aires hacia la tierra.
Pero Roco ya había retrocedido súper rápido. Aterrizó sobre sus cuatro patas en la arena seca y caliente, totalmente a salvo de la mordida.
—¡Uy, casi! —ladró con voz fuerte y clara en dirección al río. Dio una buena sacudida para quitarse las gotas que manchaban su pelaje color caramelo.
El cocodrilo gruñó bastante molesto por su trampa fallida. Se hundió lentamente de vuelta al fondo, dejando nada más que una gran estela de espuma blanca.
Lejos de la orilla, Roco encontró un pequeño charco de lluvia que brillaba puro entre las rocas. Se agachó a beber con sonoros lengüetazos, moviendo su cola de un lado a otro.