Aeliana tira de las cadenas que la rodean, pero no ceden. Su ala se agita contra el aire gris, y el metal resuena con un tintineo frío. Las sombras a su alrededor se aprietan más, como si supieran que no puede escapar.
Un tintineo. Otro. Las cadenas no se mueven. Aeliana cierra los ojos un instante —piensa en el sol, en algo cálido, en algo que ya no está— y vuelve a tirar.
Entre las sombras, Aeliana ve algo: un hilo dorado. Un hilo fino, brillante, que flota como si tuviera vida propia. Lo sigue con cuidado, y el calor del hilo le recorre la punta de los dedos.
El hilo avanza, y ella lo sigue. Pero de pronto, el hilo dorado se enreda en una de las cadenas. La cadena se pone pesada de golpe, como si hubiera absorbido toda la luz del lugar.
Aeliana intenta cortar el hilo con una uña afilada. La uña se rompe contra el metal. El hilo se encoge, herido, y se convierte en una pequeña esfera brillante que rueda hasta su pie.
La esfera emite un susurro. No son palabras, sino algo más antiguo: la voz de alguien que la amaba. Aeliana se sienta frente a la esfera y la abraza.
La esfera se calienta entre sus manos y le recuerda la luz del sol. De pronto, la esfera estalla en mil destellos que se elevan como luciérnagas. Cada destello dibuja un recuerdo: risas, abrazos, caricias.
Las cadenas empiezan a vibrar. Aeliana cierra los ojos y suelta la esfera. Las cadenas se deshacen en humo gris que se disuelve en el aire. Las alas se le abren por primera vez.
El espacio gris se rompe en tonos de azul y dorado. Aeliana alza el vuelo, y las luciérnagas de luz la acompañan hacia un cielo nuevo.
Aeliana vuela hacia arriba, y el cielo nuevo la recibe. Las luciérnagas danzan a su alrededor, y por primera vez, el aire ya no es gris.