Al borde del pueblo, un pequeño estudio de arte se encontraba junto a los jardines. Dentro, Bristle Bloom encontró un viejo pincel en una estantería polvorienta.
Pintó un pan azul sobre la tabla. ¡Puf! Salió caliente y real, con una pequeña nube de harina.
Bristle Bloom se rió. Una pequeña etiqueta plateada en el pincel brillaba: Solo pinta lo que se necesita. Corrió afuera para intentarlo de nuevo.
En el camino, pintó manzanas rojas para una cesta vacía. ¡Pop, pop, pop! Luego pintó un parche para un techo goteante. ¡Plink! ¡Aleteo! Se acomodó justo en su lugar.
Los vecinos aplaudieron, y el techo brilló al sol. Bristle Bloom sonrió. Pero cuando pensó en su propia habitación sencilla, el pincel dio un pequeño zumbido agudo en su mano.
En casa, movió el pincel una y otra vez para ella misma. Pasteles, una silla de terciopelo, cintas, juguetes, e incluso un pony pintado que saltaba estallaron en su habitación.
Al principio, Bristle Bloom vitoreó. Luego la ventana tembló. El pony troteó hacia el camino, los pasteles rodaron colina abajo, y las cintas se agitaron alrededor de las puertas del jardín como serpientes tontas.
Ella corrió tras ellos mientras todo el pueblo se volvía ruidoso.
Rápidamente, Bristle Bloom hizo aparecer un gran balde gris y una escoba resistente.
Recogió pasteles de la fuente, levantó cintas de las rosas, y guió al pony pintado lejos de los repollos.
"¡De vuelta a ayudar, no a agarrar!" llamó. Luego pintó una larga y cuidadosa línea.
Suave plop, plop, plop. Las cosas extra se convirtieron en ordenadas ollas de pintura sobre los adoquines. Un último y divertido relincho, y el pony también se convirtió en pintura.
A la mañana siguiente, Bristle Bloom llevó el pincel de cabaña en cabaña. Pintó una tablita de cerca que faltaba, una regadera, y letreros brillantes para el pequeño mercado.
El pincel permaneció en silencio. Las abejas zumbaban en los jardines. Una puerta se cerró con un clic, y un niño saludó junto a un banco recién pintado.