En el soleado rincón de arte, Snowbell encontró un pincel escondido detrás de un frasco cálido.
Él movió un pájaro azul sobre el papel. ¡Aleteo! Saltó de la página.
El pajarito voló sobre las casitas, y Snowbell se rió de la brillante estela azul en el aire.
Snowbell pintó calabazas maduras para los jardines.
Hizo una cometa a rayas para la plaza y un pequeño puente sobre un camino de charcos.
Voces felices llenaron la aldea. Pasos apresurados iban de aquí para allá.
Snowbell sonrió y pintó cosas más grandes. Una fuente. Un carrito de pasteles. Una enredadera de flores gigantes.
¡Splash! El pez cayó sobre el camino.
¡Tambalear! El carrito de pasteles rodó colina abajo. ¡Bocina! Las flores bloquearon las soleadas puertas.
Snowbell dejó caer el pincel. "Oh no," dijo.
Agarró papel nuevo y pintó con cuidado esta vez: una escoba para barrer el pez.
Luego una cerca suave para detener el carrito, y piedras de paso ordenadas para guiar las flores de vuelta.
El pincel brillaba como oro bajo el sol. Las ruedas se desaceleraron. Los pétalos susurraron. Los sonidos del pueblo se suavizaron de nuevo.
Después de eso, Snowbell usó el pincel para hacer cosas útiles.
Manchitas de pintura salpicaron los dedos de Snowbell mientras la aldea se volvía ordenada y brillante.
Snowbell sonrió mientras los niños se sentaban en el banco y señalaban las soleadas imágenes que bailaban en la pared.