Piolín abrió el pico para saludar. Solo salió un susurro. Su pío había desaparecido.
Las gallinas cantaban sin notarlo. Piolín se quedó quieto, con las alas pegadas al cuerpo.
Se acercó a una vaca que rumiaba. Intentó imitar su mugido, pero solo pudo un suave pi-güi.
Luego encontró a un gallo que trepaba al heno. El gallo cantó fuerte. Piolín solo escuchó un pío diminuto.
"¿Estás bien?" preguntó el gallo. Piolín bajó la cabeza sin contestar.
Un rayo de sol atravesó las hojas del tilo. Un sonido agudo brotó del nido, vibrando entre la paja como una campanilla.
Piolín se quedó paralizado, con las plumas erizadas. La mamá gallina inclinó la cabeza hacia el ruido.
La mamá gallina corrió al nido y Piolín la siguió. Tropezó con una cuerda floja, rodó dos veces y aterrizar sobre su propio pío.
El pío brillaba como un huevo diminuto y dorado. La mamá lo tomó con el pico y lo acercó al pecho de Piolín.
Por primera vez, Piolín sintió vibrar el pío contra su barriga. Cerró los ojos con fuerza.
Soltó un pío enorme que retumbó en el corral. Las hojas del tilo temblaron y todas las gallinas despertaron.
La mamá gallina lo arrulló contra su pecho. Ambos caminaron juntos de vuelta al nido. El corral repitió su nombre.