Lucía llegó a la escuela con su mochila nueva. El patio era un mundo de ruido y colores.
Todos corrían, gritaban y reían. Lucía se quedó quieta, aferrada a la correa de su mochila.
Un niño pasó volando en un triciclo. ¡Bip, bip! Sonó como un carro de policía.
Lucía caminó hacia una mesa donde otros niños pintaban. —Hola —dijo. Pero ellos siguieron dibujando.
Bajó la cabeza y giró sobre sus talones. Caminó despacio hacia un banco solitario.
Se sentó en el banco y abrió su estuche. Repartió los lápices sobre sus rodillas: rojo, azul, verde, amarillo.
Una niña se acercó y murmuró: —Se me olvidaron los míos. Lucía la miró, apretó el estuche contra su pecho y se levantó.
Lucía se detuvo, miró a la niña y lentamente volvió a abrir el estuche. Deslizó el lápiz rojo hacia ella.
La niña lo tomó, lo olfateó y sonrió. Mostró un hueco entre sus dientes. Lucía sonrió también.
Se sentaron juntas y pintaron en la misma hoja. La niña dibujó un sol amarillo. —Para el árbol —dijo Lucía, pasando el verde. Ambas sonrieron.