Luna se pone la mochila azul sobre los hombros. Se le cae dos veces. —Un momento —dice su mamá desde la cocina.
Su mamá le alisa el cabello y le sonríe. El reloj de la pared hace tic-tac, tic-tac.
En el camino, Luna se agarra de la mano de su mamá muy fuerte. El sol pica en la vereda.
Luna respira hondo y sigue caminando. Los pasos de su mamá van muy rápido.
En el salón, Luna se para junto a la puerta sin saber dónde mirar. Todo es grande y nuevo.
De pronto, una niña con dos coletas se acerca sosteniendo un patito de goma amarillo brillante y le dice: —¿Quieres jugar?
Luna aprieta la correa de su mochila y asiente despacio.
Juntas tiran el patito a la piscina de plastilina verde. El patito se hunde y sale con un pop. Luna se ríe sin parar.
Su mamá la mira desde la puerta con los ojos entrecerrados y sonriendo.
Al final del recreo, Luna deja el patito en el estante junto a su lonchera. El patito queda bien derecho, y Luna se sienta en el suelo esperando a que suene la campana.