Luna salta de su cama, agarra su mochila azul y se para frente al espejo. Respira hondo, estira sus orejas largas hacia arriba y dice: "Yo puedo." El espejo le devuelve una conejita con los ojos bien abiertos.
Luna atraviesa el Bosque de las Hojas Doradas, pisando hojas crujientes que brillan como monedas bajo el sol. Sus patitas temblorosas hacen tic-tac contra el suelo, y un viento suave le acaricia el bigote.
La escuela se esconde entre robles centenarios con ramas que forman un techo verde. Luna se detiene en el umbral, aprieta su mochila con ambas patas y suspira: "¿Y si nadie quiere jugar conmigo?"
Luna avanza despacio. Un conejito saltarín le ofrece una bellota dorada. Otro le señala un libro con portada de hoja. Una conejita le hace un guiño desde el banco. Luna suelta un suspiro y, por primera vez, sonríe.
Luna suelta un suspiro y, por primera vez, sonríe.
La escuela se siente como un claro encantado entre los robles, con mesas de madera y estantes llenos de libros de hojas.
Luna agarra la correa de su mochila azul y da un paso más. Las hojas crujen bajo sus patitas, y el bosque la recibe con un susurro cálido.
El claro de la escuela se llena de vida: los conejitos entran por grupos, riendo y hablando entre sí.
Luna se sienta en el banco junto a sus nuevos compañeros y abre su mochila. Las hojas crujen bajo sus patitas y todos empiezan a reír.
El sol se filtra entre los robles y todos empiezan a reír. Su corazón canta sin saberlo.