Poppy se queda pegada a la puerta del aula. Sus pequeñas manos aprietan las correas de la mochila amarilla hasta que los nudillos se le ponen blancos. En el pasillo, detrás de ella, se oyen los armarios cerrándose de golpe y el chirrido de las suelas de goma sobre el frío suelo de baldosa.
Asoma la cabeza por la rendija: una avalancha de papeles que se mecen, cuarenta niños a mitad de risa y no hay ni una silla libre. Poppy empuja la puerta y da un paso hacia adentro. El aula la abruma de golpe: un rotulador se parte, una regla cae con estruendo sobre el linóleum.
Echa un vistazo y encuentra un hueco: un pupitre entre una niña con moñitos y un niño que mastica una migaja de pan. Un paso. Dos. Las tablas del suelo crujen bajo su vestido rojo y cuarenta cabezas se vuelven. La niña de los moñitos se desliza de la silla y tira de la mano de Poppy hasta el otro lado del aula.
—¡Puedes sentarte aquí! —anuncia, y jala a Poppy hasta la silla que cruje. Los ojos de Poppy caen sobre el pupitre: un cohete morado, algo torcido, con tres estelas de humo onduladas, dibujado lo bastante grande como para caberle toda una mochila. La niña palmotea el pupitre dos veces, con fuerza. —Lo hice para ti.
—Tus cosas van encima del cohete. La campana de las mañanas suena a todo volumen y Poppy abre la boca para saludar, pero lo que le sale es una risita diminuta: corta, asustadiza, como una burbuja de jabón que se revienta. La niña de los moñitos pega las dos palmas sobre el pupitre.
El cohete morado se tambalea y cae justo por el borde. El agarre de Poppy sobre las correas amarillas se afloja; una se le desliza de la espalda y cae sobre la estela ondulada del cohete. Suelta la mochila entre los pies, saca un lápiz de uno de sus bolsillos y dibuja una estrellita naranja junto al cohete morado.
La niña de los moñitos voltea su propio pupitre del revés: ya hay un alienígena diminuto, verde, trazado con lápiz en la esquina, saludando con un bracito corto. Poppy ríe, fuerte y sin tensión, y el vestido rojo va y viene como una bandera con el sol que entra por la ventana.
La estrella naranja brilla contra la pintura morada. El ruido del aula se desvanece en un murmullo acogedor. Poppy da una profunda bocanada y siente cómo le caen los hombros, lejos de las orejas. Ya no está pegada a la puerta. Está en casa.