Rocío clava los dos pies en el suelo gris frente a la puerta azul. Tira de la manga de su mamá. El pañuelo se estira: ¡crac! Adentro, las otras niñas ya corren.
La maestra grita: «¡Rocío, ven!» Rocío sacude la cabeza. Su mochila se le cae de un hombro y toca el asfalto: paf.
Mateo guiña un ojo desde el escalón y entra sin mirar atrás. Adentro huele a lápiz nuevo y pegamento. Los zapatos traquetean.
Mamá le ofrece la mochila: «Te la llevo yo.» Rocío aprieta los puños a los costados. «Yo puedo.» Arrastra la suela: críj, críj. Un paso. Se para.
Mamá saca un papelito doblado del bolsillo de la chaqueta. «Guárdalo por si…» Rocío lo arruja entre sus dedos. Lo abre. El papel cruje.
Un garabato: una carita chueca con ojitos redondos. Letras torcidas: «TE QUIERO, BRUXA !!!» Rocío suelta un «¡ajaja!» corto, seco. El papel cruje entre sus dedos.
Rocío abraza a su mamá. Aprietado, largo. La cabeza hundida en el cuello. La chaqueta huele a café. Un minuto. Dos. Tres.
Rocío suelta. Una sonrisa chiquita, apenas. «¡Adiós, mamá!» Da el primer paso por la puerta. El marco le roza el hombro. Adentro: ruidos, sillas, olor a témpera.
Al final del día, Rocío espera en el umbral. Tamborilea el pie sobre el hormigón. Tic, tic, tic. Ve la chaqueta de su mamá acercándose.
Leva la mano primero. «¡Mamá!» El papelito cruje en su bolsillo. Lo mete bien hondo. Toma su mochila. Se la cuelga al hombro. Derecha. Lista.