Noah corría por las colinas verdes a toda velocidad. Una mariposa saltarina rebotaba en el aire frente a ella como un pequeño resorte. Ella soltó una carcajada al sentir la hierba alta rozando sus rodillas. Con tal diversión, no se dio cuenta de que su casa iba quedando muy, muy atrás.
La escurridiza criatura alada se escabulló hacia el denso y luminoso bosque. De pronto, el cielo se tiñó de un tono morado oscuro y una brisa helada levantó hojas secas del suelo. Noah frenó en seco, permitiendo que su pequeña red resbalara de sus dedos y cayera en la tierra sin hacer ruido.
Caminó despacio alrededor de un inmenso peñasco lleno de musgo suave. En ese lugar, todos los senderos sombríos se veían idénticos. ¡Crrac! Un pájaro emitió un graznido salvaje entre las ramas invisibles, logrando que ella diera un brinco y se cubriera las orejas rápidamente. Acabó sentándose sobre la piedra húmeda, examinando fijamente el polvo grisáceo sobre sus zapatos.
Una luciérnaga bajó repentinamente hasta aterrizar justo en la punta de su zapatilla, emitiendo destellos delicados. Noah pensó que aquella lucecita se parecía muchísimo a la lámpara de noche de su cálido dormitorio. Inhaló muy profundo y empezó a cantar la vieja canción de cuna de su familia. Inicialmente, su voz temblaba bastante, pero poco a poco rellenó cada hueco silencioso del bosque.
Desde la oscuridad, dos voces sorprendentemente fuertes respondieron cantando en plena armonía sus mismas palabras. Unos brillantes rayos blancos apartaron las hojas de los arbustos tupidos, revelando las apuradas siluetas de sus padres. Noah arrancó a correr sin dudar y hundió el rostro contra la protección de esos gruesos abrigos de lana, abrazándolos con una energía inmensa.
Su papá la elevó hábilmente por los aires hasta acomodarla a gusto sobre sus hombros. Los tres retomaron tranquilamente el camino a casa bajo un techo gigante de estrellas resplandecientes, acompañados por el rítmico crujir de las botas aplastando la grava del sendero. Noah exhaló un enorme bostezo, apoyó la barbilla en la cabeza de su papá y sonrió con lentitud, dejando que el ritmo de los pasos ahuyentara el frío.