«¡Ahora me toca a mí!», grita Sophia. Lanza el aro de colores sobre la manta de picnic y corre entre las flores. Al fondo, los molinos giran y las montañas brillan bajo el cielo despejado.
Sophia atrapa el aro y lo lanza otra vez antes de que termine el turno familiar. Una ráfaga lo eleva hasta la cesta. Ella ríe, pero el crujido de la tapa la deja quieta, mirando a su familia.
Prueba con la manta, una cuchara y una rama, pero cada intento hace rodar una manzana cuesta abajo. «¡Pom, pom, pom!». Sophia recoge la última. Entonces oye: «Primero nos toca a nosotros; después, a Sophia».
Sophia se sienta sobre la manta y observa. Su familia juega con el aro junto a las flores. El viento silba entre los molinos; ella aprieta una manzana y cuenta en voz baja: «Uno, dos, tres» .
Por fin llega su turno. Sophia lanza el aro tan alto que atraviesa una nube de mariposas y vuelve girando sobre su cabeza. «¡Esperé, y ahora puedo lanzarlo sin interrumpir!». Su familia se aparta para darle espacio.
Sophia propone una ronda: cada persona lanza el aro una vez y lo entrega a la siguiente. El aro cae sobre la manta, justo encima del sándwich. Todos sueltan una carcajada, y Sophia lo limpia con una servilleta.
Aunque quiere repetir, Sophia entrega el aro después de su lanzamiento. El juego continúa sin peleas. Ella sonríe detrás de sus lentes y golpea suavemente el suelo con sus zapatos, lista para esperar otra vuelta.
Junto a la cesta, el aro descansa mientras Sophia y su familia comparten fruta. Entre molinos, montañas y el pueblo lejano, Sophia dice: «Cuando llegue mi turno, volveré a jugar». Luego pasa el aro con cuidado.