Bommel está sentado en su camita de madera, con las patitas colgando por el borde. El traje espacial azul descansa sobre la almohada de colores, justo delante de él. Lo aparta con una pata – clic, clic, clic.
¡No, no, no! Se hunde debajo de las almohadas. Todo se vuelve suave y calentito.
Bommel extiende la pata y toca la máscara de tela. Un toque… una sola respiración. Y luego la arranca de un tirón.
La máscara se balancea de un lado a otro, de un lado a otro, en su pequeño bucle. Bommel entierra la carita en el peluche. Huele a algodón y a sol.
El ojito de botón, tembloroso, lo mira fijamente. Bommel estornuda – ¡FIUU! – y el soplido levanta la máscara. Se abre de par en par, como una boquita azul.
Bommel levanta la máscara y aprieta el peluche contra el pecho. Husmea – algodón, cálido y bien usado. Una respiración. Lenta. La máscara se empaña.
Una. Segunda. Tercera. La máscara se empaña, se despeja, se empaña. Bommel se hunde entre las almohadas. La camita de madera cruje bajito.
Por la noche. Bommel mismo se la pone: la máscara sobre la nariz, el mentón apoyado en el peluche. «Mmm.» El cuarto huele a lavanda. Crujido. Crujido. Crujido.







