Lía se levanta de golpe y mira sus manos cubiertas de arena dorada. Saca la mano del bolsillo del pijama y sopla; el grano vuela hacia la ventana.
Camina a tientas por el pasillo oscuro con los ojos muy abiertos. Pisa algo crujiente que suena como hojas secas bajo sus pies descalzos.
Encuentra pétalos azules pegados a la puerta de su habitación y los huele profundamente. El aroma es dulce y extrañamente familiar, pero no sabe qué flor es.
Sale al balcón sin zapatos y ve un río brillante debajo de ella. El agua choca contra las piedras con un ruido fuerte y constante.
Su madre la abraza desde la cocina mientras Lía aún sostiene la arena. La luz del sol ilumina el patio y muestra las flores del vecindario.
El día comienza con un susurro de arena y silencio. Las sombras se retiran lentamente mientras el barrio despierta despacio.
La arena cae suavemente sobre el suelo de la cocina. Ya no hay miedo, solo la calma de una nueva mañana.
Lía sonríe al recordar el viaje invisible. El mundo es grande, pero aquí se siente seguro.