Miki se sienta en su asiento de coche. La pantalla está negra. No hay juego, no hay música.
El pequeño niño se retuerce en el asiento y aprieta los puños contra los muslos. El motor hace un zumbido constante.
Una nube grande y blanca pasa cerca de la ventana. Parece un barco navegando por el cielo azul.
"¡Mira eso, mamá!" exclama, y sus dedos trazan el contorno de la nube en el vidrio empañado.
El coche sube una colina muy alta y de repente las montañas enormes aparecen todas a la vez.
Las montañas son grises y verdes, con nieve blanca en la cima que brilla bajo el sol. "¡Son gigantescas!"
Abajo en el valle, un grupo de ovejas blancas camina despacio por el prado verde. Las ovejas levantan la cabeza.
"¡Corren detrás de nosotros!" grita Miki, riendo mientras las ovejas siguen el coche hasta que dobla la curva.
Miki se recuesta contra el asiento y observa el paisaje: campos amarillos, un río plateado, un puente viejo de piedra.
El camino es largo, pero cada curva esconde algo nuevo. El motor zumba, las ruedas giran, y Miki sigue viendo.
El motor zumba, las ruedas giran, y Miki sigue viendo, buscando, sonriendo.
El pequeño niño sonríe y apoya la mejilla contra el cristal tibio. El camino es largo pero cada curva esconde algo nuevo.