Vega coloca su último bloque en Minecraft cuando, de pronto, un portal irisado se abre entre la alfombra y la mesa. Se agacha; sus dedos se hunden en la superficie fría como helado. El portal zumba: el líquido ondula en la taza de cereal. «¿Qué...?» murmura Vega, pegado al borde.
Vega cruza el portal y cae de rodillas sobre un suelo que se expande como pulmones. Da un paso; el bloque traga su zapato hasta el tobillo y lo escupe con un *toc* húmedo. El aire huele a cobre. Sobre cada umbral, números tallados: «1... 2... 3...» cuenta con los dientes apretados.
En el Mundo 5 camina de lado por un cañón de cristal donde cada pisada suena como campana. En el 7, la gravedad se voltea: Vega se queda pegado al techo, las piernas colgando. Un grano de obsidiana le rebota en la nariz. *Tic.* Se arrastra de rodillas por la pared.
El Mundo 8: silencio y oscuridad total. Sobre un pedestal liso, una antorcha apagada; alrededor, docenas de viajeros diminutos, congelados a mitad de paso. Vega la levanta y sopla: nada. Vuelve a soplarse en los dedos y sopla de nuevo. Crepita. Una chispa anaranjada.
La antorcha arde y guía a los viajeros en un remolino de luz bloqueada de vuelta al portal. Vega se queda de pie en el borde del Mundo 8, mirando cómo el último viajero desaparece en un estallido diminuto. Su habitación lo espera: la pantalla aún brilla, el cereal ya se enfrió.
Vega aprieta la antorcha contra la palma, mira el portal en el suelo y da un paso. Bajo sus pies, los bloques zumban, listos. La habitación lo espera: la pantalla aún brilla, el cereal ya se enfrió. Pero esta vez, él sabe que el mundo sigue abierto.