Elias toca su pequeña guitarra en el patio soleado. Cierra los ojos y se imagina como un superhéroe mientras la música viaja entre las plantas.
De pronto, Elias ve a su amiga sentada en la esquina. No se mueve. Solo la mira y aprieta su guitarra — tiene que ayudarla.
Toca su canción más valiente, muy fuerte y rápido. Pero su amiga no sonríe. Sigue mirando al suelo.
Intenta otra canción, saltando y haciendo rebotes. Su amiga solo suspira. Sigue sin mirar hacia arriba.
Elias deja de tocar. Mira su guitarra, confundido. ¿Qué le pasa a su amiga? No entiende nada.
Entonces recuerda la canción de cuna que le gusta a su amiga. La toca despacio, muy suave y tranquila.
Las hojas de las plantas empiezan a balancearse aunque no hay viento. Su amiga levanta la cabeza. Un pequeño sonrisa aparece en su rostro.
Elias toca más fuerte y las flores del patio explotan en colores brillantes. Giran alrededor de su amiga como en un baile.
Su amiga se ríe fuerte y aplaude. Se pone de pie y salta de alegría mientras la música llena todo el patio.
Elias sonríe. No necesitaba superpoderes. La música era suficiente para ayudar a su amiga.
Esa tarde, Elias y su amiga se sientan juntos en el patio con sus guitarras. Tocan canciones para las flores y las plantas.
El sol está caliente y la música está en todas partes. Elias ya sabe que es un superhéroe — el que ayuda con la música.