Emilia se calza unos zapatos diminutos junto a la puerta mientras la casa se tiñe de luz crepuscular. Tararea una nana que las flores cantoras ya reconocen desde el jardín.
El timbre suena. Un pequeño llanto responde desde el pasillo. Emilia se detiene, y sus zapatos diminutos quedan olvidados junto a la puerta.
Emilia carga al bebé Jacobo por pasillos donde los juguetes asoman las cabezas desde estantes y cofres. Jacobo la observa con ojos que lo hacen todo secreto.
Susurra un secreto sobre una estrella que cayó dentro de la tetera, y la tetera silba una melodía alegre. Jacobo atrapa su nariz y ríe.
Juntos persiguen una rana de relojería que rueda sin control por la alfombra. Emilia hace zancadas con sus zapatos, y Jacobo aplaude desde su trona.
La rana se detiene en el jardín de flores cantoras, que emiten un trino triunfal. Emilia se arrodilla sin aliento, y Jacobo señala con un puño cerrado.
Esa noche, Emilia acuesta a Jacobo, pero él señala la ventana donde un rayo de luna dibuja un corazón torcido en el suelo.
Ella lo traza con el dedo, luego se inclina para susurrar el secreto del día. El rayo le acaricia la mejilla, y la sonrisa de Jacobo se hace más profunda.
La casa se duerme. Las flores cantoras cierran sus pétalos uno a uno, y la tetera guarda su melodía bajo la tapa. Solo queda el silencio dulce de una noche tranquila.
A la mañana siguiente, Emilia encuentra a Jacobo ya despierto, dando palmaditas en el espacio junto a él sobre la alfombra.
Él le ofrece un soldadito de hojalata abollado que había escondido bajo su almohada. El metal se siente frío y rugoso contra su palma.
Desde el jardín, las flores comienzan su coro matutino. Emilia sonríe, y el soldadito brilla como una estrella que por fin encontró su hogar.